8 de noviembre.

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Las calles huelen a lavanda. Brillan porque están mojadas. El sutil tacón de sus zapatos le acompaña.

Suelta el humo del cigarrillo que lleva entre los labios, con la cabeza alta y la otra mano en uno de los bolsillos, jugueteando con las pocas monedas que le quedan.

Se sienta en un banco, en un parque cualquiera.

Cierra los ojos e intenta mantenerse firme mientras todas las copas le hacen efecto de golpe. Deja de sentir parte de su cuerpo. Deja de sentir el frío.

Se deja caer en el banco, acabando tumbado. El cigarro se le cae de la boca, agonizando levemente.

Llora, ríe.

Se duerme.

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7 de noviembre

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El agua hirviendo corre por sus mejillas. Su respiración se funde con el vaho. Se lleva las manos a la cabeza, con los ojos cerrados, aguantando la respiración.

Estira un poco los pies en la pequeña bañera y lo vuelve a intentar. Se deja hundir, despacio, cerrando los ojos.

Salen algunas burbujas desde su nariz, intentando evitar el mismo final que ella va a correr.

A los pocos segundos, vuelve a salir, tomando una enorme bocanada de aire.

Idiota, idiota, idiota, idiota, idiota; se repite una y otra vez.

Vuelve a llevarse las manos a la cabeza, aunque esta vez se tapa el rostro. Y llora.

Nada le sale bien.

Ni siquiera esta estupidez.

Si hubiese seguido los consejos de su madre. Si hubiese escuchado las palabras de sus amigas.

Si solo…

No servía de nada lamentarse a estas alturas. Ya no había vuelta atrás. Quedaría en su conciencia el “aquel día que lo intentaste hacer y fracasaste como la enorme mierda que eres”. Se avergonzaría de sí misma.

Y no quería sentir más vergüenza. No quería sentir pena de sí misma, ni de cómo la estarían viendo los demás.

Los demás. Esos hombres que la trataban como el trozo de carne que nació para ser. Que ni siquiera se esforzaban por recordar su nombre, que gritaban el de otra mientras explotaban dentro de ella.

No era un caso único, conocía a una decena igual. Habían llegado todas a la vez, con la misma promesa de ser la nueva imagen de aquella marca tan famosa. Pero al llegar todo cambió. Todo eran deudas, golpes, vejaciones.

Y ya no podía más.

No podía acudir a nadie.

Ni siquiera a ella misma.

Vuelve a coger aire.

Reza lo poco que se acuerda.

Vuelve a hundirse.

Y ya no saldría.

6 de noviembre

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Ayer no corrió suficiente pólvora.

Nadie consiguió despertarse a finales de septiembre.

Esta autopista no llega a ningún sitio.

No hay mensajes en botellas.

No es viernes, no estoy enamorada.

La gente sigue diciendo hola desde el otro lado, sin respuesta. Pidiendo ayuda desde el espacio.

Donde hay diamantes y Lucy vuela.

Todas las canciones suenan mal, como si nada estuviese afinado y cada uno tuviese una armonía diferente.

Los grillos se han dado de baja, las cigarras los acompañan.

Solo suena el viento golpear las hojas.

Y nada más.

5 de noviembre.

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Se había cansado de su trono, de su poder. Empezaba a echar de menos la vida al otro lado. Aunque, para ser sinceros, nunca le llegó a gustar del todo la vida aquí.

Desde el primer momento en el que le condenaron, supo que se iba a arrepentir. Que iba a sufrir. Pero joder, es lo que tiene el infierno, ¿no? Si algo sabes cuando te condenan allí es que feliz precisamente no vas a ser. No te venden spots publicitarios de familias felices de vacaciones en El Infierno™, no hay artículos de “Los 12 Sitios Que No Te Puedes Perder Si Vas A El Infierno™”. La única información que puedes encontrar sobre este lugar es a través de historietas fantásticas de ancianos decrépitos, de libros cuyas hojas están más que amarillentas.

Y creedme, todo lo que dicen es poco.

Al principio podría parecer que tampoco es para tanto. Nada más llegar te dan como una especie de horario, un planning. Los lunes, sodomización en el area 3. Los martes, visionado de películas de Jim Carrey. Miércoles, sesión de manicura con piezas de bambú. Jueves, papeleo burocrático. Y los fines de semana era un poco popurrí. Banquetes por allí, enfrentarte a tus miedos más oscuros por allá. Lo normal en El Infierno™.

Pero después de miles de milenios allí… La cosa empieza a cansar. Y eso es lo que le pasaba a él. Estaba hasta las narices. Además, estaba en el peor puesto de todos: Recepción de nuevos inquilinos. Tenía que pasarse horas y horas dando la bienvenida a personas de todas las edades, escuchando sus motivos por los que habían acabado ahí. Os lo adelanto ya: la gran mayoría eran patéticos.

Definitivamente, su grupo de gente menos favorita eran los curas que se hacían los sorprendidos por acabar allí.

Pero bueno, era a lo que se tenía que enfrentar por haberse aliado tiempo ha con el que pensaba que era su mejor amigo, su mentor.

Ahora tenía que recibir las burlas de miles de seres humanos, llamándole El Señor de Las Moscas, habiendo sido él el Señor de las Guaridas, el hombre más grande que había habido.

A mí, que me hacían sacrificios.

 

No podría tener el puesto de otro de los aliados originales, el de Mefistófeles, y poder salir y embaucar a gente. Publicitar el lugar. Ganar famita. Pero si ya le conocían lo suficiente, por qué no podía hacer eso.

 

 

Resopló, una vez más mientras escuchaba caer a alguien nuevo. Se puso sus pequeñas gafas sobre sus enormes cuernos y cogió los formularios.

 

-Se encuentra usted en El Infierno™. Le doy una bienvenida de mierda a esta, nuestra humilde morada. ¿Nombre, por favor?

4 de noviembre.

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Abres los ojos. Oscuridad.

Giras la cabeza. Oscuridad.

Intentas erguirte, tu cabeza choca contra algo. Caes de nuevo y tu cabeza golpea contra algo duro.

Mueves las manos para palpar lo que tienes encima. Está muy cerca, es muy rígido. Huele muy bien, todo hay que decirlo, a una mezcla entre roble y jazmín. Está suave, como tapizado con seda.

Bajas las manos y palpas en qué superficie te encuentras. Tiene la misma suavidad y rigidez.

Te cuesta respirar.

Se te para el corazón.

 

 

Qué coño haces en un puto ataúd.

 

 

Todo el aire que retenían tus pulmones sale de golpe y durante diez segundos dejas de sentir tu cuerpo.

Recuerdas el hospital, a tus padres llorar. A tu chica coger tu mano, pero no recuerdas sentirla. La sensación de gritarles que por favor no te cubran con la manta. De que por favor no te lleven a la habitación fría.

¿Tantas ganas tenían de largarme?

No se detuvieron más tiempo del mínimo requerido para comprobar si todo seguía igual.

 

Estás bloqueado. No sabes qué hacer. Podrías intentar golpear el ataúd, contando con que no lleves horas bajo tierra, lo cuál sería absurdamente inútil, y te haría perder energías, y aire.

El aire, el aire, el aire.

Cierras los ojos, y vuelves a respirar despacio.

De todas formas, ellos ya se han despedido de ti.

3 de noviembre

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El único sitio donde los arcos vuelan, pero no hacen daño. Donde las estacadas dan, donde menos duelen. Inunda el silencio, pero a la vez los gritos.

Los pies no se mueven, las manos tampoco. No sirve de nada correr, ni tirarse al suelo. No sirve de nada respirar, ni siquiera esperar.

Se santigua, aunque no sabe por qué. Echa a andar, los tacones repican, acusándole. Cómo se atrevía a irse. Cómo se había atrevido a ir allí. De esa guisa.

Anda despacio, sigue sin estar acostumbrado a esos zapatos. Suspira y se los quita, los sujeta con la mano derecha. Con la izquierda lleva un ramo de petunias.

Acaba de llegar y ya está escuchando sus voces, diciéndole que no es suficiente. Que no entienden qué hace.

Tira el ramo, sin mirar. Ya todo le da igual.

Espera acallar esas voces con el golpe de los pétalos en el suelo.

Es quien es. Y quien quiera ser. Será él. Será ella. Será todo. Será nada.

Se quita la peluca, enciende un cigarro. Ríe de forma amarga.

Una nueva vida empieza.

2 de noviembre.

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Viento.

Frío.

Tu espalda se está quedando helada. Deberías haberte puesto un abrigo.

Miras el reloj, las manecillas parecen no moverse. Miras la pantalla del móvil, por si acaso el reloj se ha quedado sin pilas. Pero nada. Sigue siendo la misma hora.

Y sigues sola.

Bloqueas y desbloqueas el teléfono, constantemente, comprobando que tienes conexión, que te funcionan las aplicaciones de mensajería. Una y otra vez, desesperada.

Las campanas resonaban demasiado fuerte, demasiado pronto.

El vestido te quedaba demasiado grande, demasiado corto.

Tamborileas los dedos, te miras las uñas. Prometiste no volver a mordisquearlas. Pero parecen tan apetitosas…

Miras hacia un lado y relees los últimos mensajes intercambiados.

Estás en el sitio correcto, a la hora acordada.

Espera, ¿cambiaste la hora? Claro, el móvil la cambia sola.

Repasas tu vestimenta. Llevas el pañuelo rojo, bien a la vista, en la cabeza. La chaqueta negra. El bolso azul eléctrico.

Vuelves a mirar el reloj, parecen que los minutos siguen sin pasar.

Empiezas a desesperarte.

¿Y si te ha dejado plantada? ¿Quién no lo haría?

O peor, ¿y si te ha visto, te ha reconocido, pero se ha dado cuenta de que no le gustas?

De repente vibra el móvil.

Un mensaje.

De ella.

Estoy en un atasco, no creo que llegue a tiempo. Lo siento mucho 😞

Respiras hondo y notas como un par de lágrimas intentan salir por tus ojos. Contestas un leve “no te preocupes” y muchos emojis para quitarle hierro al asunto y te levantas. La película empezará esté ella allí o no.

Entras en la sala, vacía como imaginabas.

Te sientas.

La sala se oscurece.

Te rompes.

100/365

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Update: Que he contado mal, el día 100 es hoy.

 

¿Qué tal vuestra vida en estos, no sé, quince días? La mía sigue nonstop.

 

Como comenté en alguna que otra entrada anterior, ya era voluntaria super oficial de Cruz Roja, y bueno, en estos días he estado yendo y viniendo de cursos, tanto recibidos como impartidos (que le doy clase a niños pequeños sobre word!!! y me escuchan!!!!!). Y bueno, sigo haciendo mil cosas por minuto.

 

Tengo un poco abandonado bachillerato, pero es un por un buen motivo.

 

Y digamos que mi vida ya no está tan sola desde el treinta y nunca de marzo.

 

 

Sigo cometiendo errores, y me cuesta cada vez más ponerme los pantalones serios para depende qué cosas. He terminado libros, series y películas. Y esta semana santa pretendo hacer más cosas de las que probablemente pueda hacer.

 

 

Y no sé. Que me siento brillante aunque en algunos momentos sienta una sombra en mis hombros riéndose bajito.

 

 

Pero intento no pensar demasiado en ello. Intento.

 

 

Por lo demás, nada. Parece ir todo guay.

 

 

Parece.

 

Anyway, no os vayáis a pensar que me voy a ir sin daros nada más. Como he estado mucho sin aparecer, os traigo una cosa de cada cosa (?).

 

Una serie: Man Seeking Woman. En serio. Qué maravilla de serie. Os dejo una escenilla por aquí y otra por aquí.

Una canción: Bueno, más que una canción, os pongo una lista con obras clásicas. Sí. Es mía. Sí. Es spam. La tenéis aquí.

Una película: Sé que tiene ya unos cuántos meses, pero de las últimas películas que he visto es de las que más me ha gustado: Lego Batman. En serio, es muy buena y muy muy divertida.

Un libro: Últimamente estoy leyendo super poco, por no decir que no estoy leyendo nada. El último que leí fue Los Santos Inocentes, de Miguel Delibes, y aunque no me terminara de convencer el estilo narrativo, he de decir que el libro se me hizo menos pesado de lo que pensaba que me iba a resultar.

Una frase:

No tengo té caliente, pero si quieres te caliento.

Una imagen:

DSC_0074.JPG

 

Y nada. Feliz Semana Santa.

83/365

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Un dos tres cuatro, cinco seis siete y

La bachata se me da bien, la salsa no. Una pena.

Y las risas en sociedad. Comparar el trap con El Fary. Y con Wagner. Sentirme blessed para los próximos 30 años.

Beber, reír y disfrutar. 

Tus lágrimas en mi hombro, y mis respuestas tímidas, ya olvidadas. Mejor, creo.

De todas formas. Sí a todo.

81/365

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Hoy he terminado un curso (que empecé ayer) sobre Mujeres en Dificultad, por la Cruz Roja. Y wow.
Ha sido en un torno muy agradable, lleno de debates enriquecedores, de muchas anécdotas, de muchas historias. He sido capaz de mirar un poco más allá de lo que pensaba y he sido consciente de muchas cosas.

He aprendido muchas pautas, consejos, datos sobre violencia de género. Sobre prostitución. Sobre trata de seres humanos con fines sexuales. Para echarse a temblar. Es aterrador pensar en todo eso y ver cómo cada ayuntamiento o cuerpo de seguridad intenta barrer un poco hacia el otro lado.
Es indignante como aun a día de hoy nos queda todo un mundo por luchar. Porque parece que tenemos mucho, pero realmente no tenemos nada.

En otro orden de cosas, hoy he seguido con otro curso que llevo (vamos, que doy yo las clases) sobre inicio a PC y word y esas cosas. Y estoy extremadamente feliz de lo bien que ha ido. Porque los peques me han escuchado. Y me he reído. Y he hecho migas. Y ha ido todo genial.

Mañana me da que va a ser otro de estos días de querer quedarse en la cama y bueno, desaparecer un poquito.

Ah bueno. También he descubierto que en menos de un mes me quitan Física o Química de Netflix y no tengo tiempo para verla entera. Y ahora estoy un poco triste y me he puesto a ver un documental sobre Cleopatra.

Fun fact: nunca me ha gustado la cultura egipcia.