16 de noviembre.

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1918

Querido diario:

Cuando decía que quería volver a casa, no me refería a esto.

Llevamos cuatro años muy duros, he perdido a… He perdido la cuenta de la cantidad de soldados a los que he perdido. Eso me ha hecho más fuerte. No puedo crear un vínculo con ellos. Están aquí para matar o ser matados. El motivo principal por el que estamos aquí… Ni yo mismo estoy seguro.

Que si Franz Ferdinand de vacaciones. Que si Franz Ferdinand muerto. Que si ahora uno le declara la guerra al otro. Que si el amigo del otro le declara la guerra al uno. Que si el amigo del uno le declara la guerra al amigo del otro… Y así hasta meternos a todos en este lío.

A nosotros. Porque ellos nunca se meterían aquí a luchar. ¿Para mancharse sus caras ropas de sangre?

Se veía venir que Alemania no estaba contenta. Con nada. Siempre quería más, y más, y más. Y sólo quería menos y menos y menos para nosotros los franceses. ¿Por qué tanto odio? ¿Cierta envidia por Napoleón?

Pero parece que vamos ganando. Tenemos cantidades ingentes de armas. Tenemos escondites y estrategias. O eso me dice el chico que lleva la mensajería. Me recuerda a mí en aquellos tiempos de la Guardia Nacional.

Vamos a ganar. Por aquellos que perdieron.

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15 de noviembre.

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1911

Querido diario:

Quiero volver a casa.

Llevo treinta años arrepintiéndome de haberme alistado en el ejército y haber accedido a esto. Tendría que haber ido a la cárcel, aceptar mi destino.

Llevo treinta años yendo y viniendo de un sitio a otro de un continente a otro, viendo atrocidades, cómo están destrozando familias, civilizaciones, culturas enteras. ¿Para qué? Para hacernos creer grandes, porque no supieron hacer bien su trabajo en su momento. Perdimos terrenos, y ahora tenemos que volver a ser mejores. ¿Mejores que quién? ¿Que Gran Bretaña? No son nada a nuestro lado. ¿Que Alemania? A esa no hay quien la pare. Ya por poco la tuvimos hace unos años. Y la vamos a tener dentro de poco como sigan con esas acusaciones sin sentido. Estamos perdiendo Marruecos. ¡Marruecos!

Apenas puedo salir del edificio del gobernador, no soy capaz de mirar a la cara a aquellos con los que compartimos aire. La gran mayoría ni siquiera son conscientes de lo que estamos haciendo con ellos…

Ya no sé en qué creer. Esta no es mi Francia.

14 de noviembre.

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30/08/1871

Querido diario:

Alemania, como la llaman ahora, se está haciendo grande. Empieza a dar algo de miedo pensar en ello. Y no sabemos qué hacer. Estamos desprotegidos. Mira que lo intentamos con aquello de la Comuna de París, pero nada. Nos acaba de llegar la noticia de que nos suprimen. Que ya no existimos. Después de todo lo que hicimos por esta estúpida nación en la estúpida guerra contra la estúpida Prusia. Que qué clase de nombre para un país era Prusia, a ver, menos mal que han decidido cambiarlo.

Después de la derrota de Sedán, no podíamos más. Teníamos que dar un paso al frente. Tomar nosotros, la Gloriosa Guardia Nacional, las riendas. ¡Hasta contábamos con la ayuda de los civiles! No sé qué pudo salir mal…

No tenemos ni idea de cómo va a acabar lo de Alemania, pero no pinta nada bien para nosotros. Ni para el resto del mundo. Pero ya vendrán otra vez a pedirnos ayuda, como ya hicieron en esas dichosas guerras…

Seguiremos informando…

 

 

 

*los insultos hacia Francia es por el enfado de que hayan suprimido a la Guardia Nacional, en verdad quiere a su patria.

8 de noviembre.

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Las calles huelen a lavanda. Brillan porque están mojadas. El sutil tacón de sus zapatos le acompaña.

Suelta el humo del cigarrillo que lleva entre los labios, con la cabeza alta y la otra mano en uno de los bolsillos, jugueteando con las pocas monedas que le quedan.

Se sienta en un banco, en un parque cualquiera.

Cierra los ojos e intenta mantenerse firme mientras todas las copas le hacen efecto de golpe. Deja de sentir parte de su cuerpo. Deja de sentir el frío.

Se deja caer en el banco, acabando tumbado. El cigarro se le cae de la boca, agonizando levemente.

Llora, ríe.

Se duerme.

7 de noviembre

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El agua hirviendo corre por sus mejillas. Su respiración se funde con el vaho. Se lleva las manos a la cabeza, con los ojos cerrados, aguantando la respiración.

Estira un poco los pies en la pequeña bañera y lo vuelve a intentar. Se deja hundir, despacio, cerrando los ojos.

Salen algunas burbujas desde su nariz, intentando evitar el mismo final que ella va a correr.

A los pocos segundos, vuelve a salir, tomando una enorme bocanada de aire.

Idiota, idiota, idiota, idiota, idiota; se repite una y otra vez.

Vuelve a llevarse las manos a la cabeza, aunque esta vez se tapa el rostro. Y llora.

Nada le sale bien.

Ni siquiera esta estupidez.

Si hubiese seguido los consejos de su madre. Si hubiese escuchado las palabras de sus amigas.

Si solo…

No servía de nada lamentarse a estas alturas. Ya no había vuelta atrás. Quedaría en su conciencia el “aquel día que lo intentaste hacer y fracasaste como la enorme mierda que eres”. Se avergonzaría de sí misma.

Y no quería sentir más vergüenza. No quería sentir pena de sí misma, ni de cómo la estarían viendo los demás.

Los demás. Esos hombres que la trataban como el trozo de carne que nació para ser. Que ni siquiera se esforzaban por recordar su nombre, que gritaban el de otra mientras explotaban dentro de ella.

No era un caso único, conocía a una decena igual. Habían llegado todas a la vez, con la misma promesa de ser la nueva imagen de aquella marca tan famosa. Pero al llegar todo cambió. Todo eran deudas, golpes, vejaciones.

Y ya no podía más.

No podía acudir a nadie.

Ni siquiera a ella misma.

Vuelve a coger aire.

Reza lo poco que se acuerda.

Vuelve a hundirse.

Y ya no saldría.

6 de noviembre

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Ayer no corrió suficiente pólvora.

Nadie consiguió despertarse a finales de septiembre.

Esta autopista no llega a ningún sitio.

No hay mensajes en botellas.

No es viernes, no estoy enamorada.

La gente sigue diciendo hola desde el otro lado, sin respuesta. Pidiendo ayuda desde el espacio.

Donde hay diamantes y Lucy vuela.

Todas las canciones suenan mal, como si nada estuviese afinado y cada uno tuviese una armonía diferente.

Los grillos se han dado de baja, las cigarras los acompañan.

Solo suena el viento golpear las hojas.

Y nada más.

5 de noviembre.

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Se había cansado de su trono, de su poder. Empezaba a echar de menos la vida al otro lado. Aunque, para ser sinceros, nunca le llegó a gustar del todo la vida aquí.

Desde el primer momento en el que le condenaron, supo que se iba a arrepentir. Que iba a sufrir. Pero joder, es lo que tiene el infierno, ¿no? Si algo sabes cuando te condenan allí es que feliz precisamente no vas a ser. No te venden spots publicitarios de familias felices de vacaciones en El Infierno™, no hay artículos de “Los 12 Sitios Que No Te Puedes Perder Si Vas A El Infierno™”. La única información que puedes encontrar sobre este lugar es a través de historietas fantásticas de ancianos decrépitos, de libros cuyas hojas están más que amarillentas.

Y creedme, todo lo que dicen es poco.

Al principio podría parecer que tampoco es para tanto. Nada más llegar te dan como una especie de horario, un planning. Los lunes, sodomización en el area 3. Los martes, visionado de películas de Jim Carrey. Miércoles, sesión de manicura con piezas de bambú. Jueves, papeleo burocrático. Y los fines de semana era un poco popurrí. Banquetes por allí, enfrentarte a tus miedos más oscuros por allá. Lo normal en El Infierno™.

Pero después de miles de milenios allí… La cosa empieza a cansar. Y eso es lo que le pasaba a él. Estaba hasta las narices. Además, estaba en el peor puesto de todos: Recepción de nuevos inquilinos. Tenía que pasarse horas y horas dando la bienvenida a personas de todas las edades, escuchando sus motivos por los que habían acabado ahí. Os lo adelanto ya: la gran mayoría eran patéticos.

Definitivamente, su grupo de gente menos favorita eran los curas que se hacían los sorprendidos por acabar allí.

Pero bueno, era a lo que se tenía que enfrentar por haberse aliado tiempo ha con el que pensaba que era su mejor amigo, su mentor.

Ahora tenía que recibir las burlas de miles de seres humanos, llamándole El Señor de Las Moscas, habiendo sido él el Señor de las Guaridas, el hombre más grande que había habido.

A mí, que me hacían sacrificios.

 

No podría tener el puesto de otro de los aliados originales, el de Mefistófeles, y poder salir y embaucar a gente. Publicitar el lugar. Ganar famita. Pero si ya le conocían lo suficiente, por qué no podía hacer eso.

 

 

Resopló, una vez más mientras escuchaba caer a alguien nuevo. Se puso sus pequeñas gafas sobre sus enormes cuernos y cogió los formularios.

 

-Se encuentra usted en El Infierno™. Le doy una bienvenida de mierda a esta, nuestra humilde morada. ¿Nombre, por favor?

4 de noviembre.

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Abres los ojos. Oscuridad.

Giras la cabeza. Oscuridad.

Intentas erguirte, tu cabeza choca contra algo. Caes de nuevo y tu cabeza golpea contra algo duro.

Mueves las manos para palpar lo que tienes encima. Está muy cerca, es muy rígido. Huele muy bien, todo hay que decirlo, a una mezcla entre roble y jazmín. Está suave, como tapizado con seda.

Bajas las manos y palpas en qué superficie te encuentras. Tiene la misma suavidad y rigidez.

Te cuesta respirar.

Se te para el corazón.

 

 

Qué coño haces en un puto ataúd.

 

 

Todo el aire que retenían tus pulmones sale de golpe y durante diez segundos dejas de sentir tu cuerpo.

Recuerdas el hospital, a tus padres llorar. A tu chica coger tu mano, pero no recuerdas sentirla. La sensación de gritarles que por favor no te cubran con la manta. De que por favor no te lleven a la habitación fría.

¿Tantas ganas tenían de largarme?

No se detuvieron más tiempo del mínimo requerido para comprobar si todo seguía igual.

 

Estás bloqueado. No sabes qué hacer. Podrías intentar golpear el ataúd, contando con que no lleves horas bajo tierra, lo cuál sería absurdamente inútil, y te haría perder energías, y aire.

El aire, el aire, el aire.

Cierras los ojos, y vuelves a respirar despacio.

De todas formas, ellos ya se han despedido de ti.

3 de noviembre

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El único sitio donde los arcos vuelan, pero no hacen daño. Donde las estacadas dan, donde menos duelen. Inunda el silencio, pero a la vez los gritos.

Los pies no se mueven, las manos tampoco. No sirve de nada correr, ni tirarse al suelo. No sirve de nada respirar, ni siquiera esperar.

Se santigua, aunque no sabe por qué. Echa a andar, los tacones repican, acusándole. Cómo se atrevía a irse. Cómo se había atrevido a ir allí. De esa guisa.

Anda despacio, sigue sin estar acostumbrado a esos zapatos. Suspira y se los quita, los sujeta con la mano derecha. Con la izquierda lleva un ramo de petunias.

Acaba de llegar y ya está escuchando sus voces, diciéndole que no es suficiente. Que no entienden qué hace.

Tira el ramo, sin mirar. Ya todo le da igual.

Espera acallar esas voces con el golpe de los pétalos en el suelo.

Es quien es. Y quien quiera ser. Será él. Será ella. Será todo. Será nada.

Se quita la peluca, enciende un cigarro. Ríe de forma amarga.

Una nueva vida empieza.

2 de noviembre.

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Viento.

Frío.

Tu espalda se está quedando helada. Deberías haberte puesto un abrigo.

Miras el reloj, las manecillas parecen no moverse. Miras la pantalla del móvil, por si acaso el reloj se ha quedado sin pilas. Pero nada. Sigue siendo la misma hora.

Y sigues sola.

Bloqueas y desbloqueas el teléfono, constantemente, comprobando que tienes conexión, que te funcionan las aplicaciones de mensajería. Una y otra vez, desesperada.

Las campanas resonaban demasiado fuerte, demasiado pronto.

El vestido te quedaba demasiado grande, demasiado corto.

Tamborileas los dedos, te miras las uñas. Prometiste no volver a mordisquearlas. Pero parecen tan apetitosas…

Miras hacia un lado y relees los últimos mensajes intercambiados.

Estás en el sitio correcto, a la hora acordada.

Espera, ¿cambiaste la hora? Claro, el móvil la cambia sola.

Repasas tu vestimenta. Llevas el pañuelo rojo, bien a la vista, en la cabeza. La chaqueta negra. El bolso azul eléctrico.

Vuelves a mirar el reloj, parecen que los minutos siguen sin pasar.

Empiezas a desesperarte.

¿Y si te ha dejado plantada? ¿Quién no lo haría?

O peor, ¿y si te ha visto, te ha reconocido, pero se ha dado cuenta de que no le gustas?

De repente vibra el móvil.

Un mensaje.

De ella.

Estoy en un atasco, no creo que llegue a tiempo. Lo siento mucho 😞

Respiras hondo y notas como un par de lágrimas intentan salir por tus ojos. Contestas un leve “no te preocupes” y muchos emojis para quitarle hierro al asunto y te levantas. La película empezará esté ella allí o no.

Entras en la sala, vacía como imaginabas.

Te sientas.

La sala se oscurece.

Te rompes.