11 de noviembre

Estándar

Reverie

El olor a comida inundaba toda la habitación. El estómago le rugía desde hacía horas, quizás días, quizás semanas. Había perdido la noción del tiempo, junto con la sensibilidad en las muñecas. Tenía esa zona y la de los tobillos en carne viva, a causa de las constantes rozaduras que le producían las esposas.

Abrió los ojos despacio, haciendo acopio de las pocas fuerzas que le quedaban. Escuchaba a lo lejos cómo bajaban unos pies, junto con unas ruedas que se deslizaban sobre la fría piedra. Al poco, se abrió la puerta de su celda, de golpe, dejando entrar toda la luz que no había entrado ahí en semanas.

Cerró los ojos de golpe e intentó esconder el rostro, cosa que causó una gran carcajada en su nuevo acompañante.

-¿Ahora te escondes?

Hizo un amago de volver a poner la cabeza en su posición normal y abrió de nuevo los ojos, despacio, acostumbrándose a la luz.

Su acompañante se acercó, demasiado quizá. Se agachó, para quedar a su altura y volvió a reír.

-Tienes hambre, ¿no?

Como acto reflejo, asintió. Más bien dejó caer varias veces la cabeza. El frío cuero que recubrían las manos de su acompañante cogió con fuerza sus esqueléticas mejillas, apretando y obligándole a subir el rostro, a que le mirara. Tenía el cabello rubio como las joyas de oro que robaba, los ojos verdes como la absenta que se tomaba en el bar. Los labios rojos como la sangre que sabía que iba a correr de un momento a otro. La mirada era fría, la sonrisa divertida. Se lo estaba pasando bien y todo la tía.

Soltó su cara con desprecio y sacó una pequeña llave del bolsillo. Abrió los candados de los grilletes y los brazos se desplomaron contra su cuerpo. Del golpe, su cuerpo se balanceó y cayó al suelo, lo que provocó otro estallido de carcajadas en su acompañante.

Volvió a escuchar sus pasos de vuelta al carrito, pero fue más allá. Salió de la sala, estuvo un rato fuera. Se sorprendió de tanta benevolencia, aunque sabía que había gato escondido. No le habría soltado y dejado solo con un carro de comida si no tuviera planeado hacerle algo.

Escuchó de nuevo los pasos, esta vez arrastrando algo que parecía pesado por las frías piedras. Entró, con una silla enorme que puso al lado del carro. Se sentó, movió dicho objeto para tenerlo más a mano. Cruzó las piernas de la manera más seductora que sabía (y sabía muchas formas de ser seductora) y le miró a los ojos, abriendo uno de los platos, dejando que el olor del susodicho llegase a sus fosas nasales y le taladrara el cerebro.

-¿Recuerdas por qué estás aquí? – Él asintió, como pudo, cerrando los ojos y salivando. Ella volvió a preguntar. -¿Sí? Porque yo no. ¿Qué tal si me refrescas la memoria?

Empezó a echarse una copa, despacio, dejando que el sonido del líquido retumbase en el silencio creado en la sala.

[Fin de la Parte I]

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