10 de noviembre.

Estándar

-esto es un relato que escribí hace tiempo para un proyecto que nunca llegó a ver la luz. Se titula Cuando dar el salto es demasiado obvio y morir demasiado fácil

Una habitación oscura. Un olor nauseabundo. La piel pegajosa. Las sábanas pegadas.

A duras penas consigues poner los pies en el frío suelo de baldosas. Con algo más de esfuerzo, logras levantar tu apestoso culo de la cama. Das un paso torpe, otro algo más ágil, otro más, y un cuarto más hasta que llegas al interruptor de la luz.

La bombilla parpadea, dudosa, y una triste luz amarillenta ilumina la estancia en la que te encuentras. Todo tipo de ropa tirada por el suelo, algunos restos de comida, telarañas en alguna esquina del techo, kleenex sucios por el suelo…

Eres consciente de que algún día tendrás que ordenar esa habitación (y tu vida). Pero hoy no es ese día.

Abres la puerta de tu minúsculo habitáculo y te diriges al baño. Tienes suerte de que no haya mucha distancia entre una estancia y otra.

Llegas al baño y tu terrorífico reflejo te saluda a regañadientes. Tienes el pelo alborotado, pero grasiento y pegado a la cara, que brilla también de grasa. Los dientes amarillos, llenos de sarro.

Miras un poco más hacia abajo y ves tus manos, con esas uñas que normalmente solías tener cortas de un tamaño que nunca habías llegado a ver en ti, y llenas de roña. Vuelves a mirar tu reflejo, y ves esa cara de asco que estás poniendo al verte. «¿En qué me he convertido? ¿Cuándo ha pasado esto?»

No tienes que hacer mucha memoria, recuerdas perfectamente el momento en el que escuchaste aquellas palabras que te rompieron el corazón. Esas palabras que salieron de aquellos labios que menos de veinticuatro horas antes te repetían te amo. Esos labios que hacían que te perdieras en un mundo maravilloso, donde sólo estabais vosotras dos. Y nada más.

Las lágrimas vuelven a ti. No tendría que haberte dejado así. No. No es justo para nadie, y menos para ti.

Pero joder, ya has estado suficiente tiempo de luto. Ya es hora de que el ave fénix resurja de sus cenizas.

Miras con decisión a tu reflejo, y asientes, con seguridad. Te arrancas la ropa que llevas (que no te has quitado en las dos semanas que llevas de luto y que son un perfecto catálogo de lo que has comido). Abres el grifo de la ducha y, sin esperar a que salga caliente, te metes debajo del helado chorro de agua.
Dejas que se lleve toda la suciedad que hay en ti, tanto en la superficie como por dentro. Dejas que te purifique el alma.

Para ayudar un poco a ese proceso de purificación, te refriegas con fuerza con la esponja medio destrozada por todo el cuerpo, haciendo que tu piel deje de estar pegajosa y vuelva a tener ese tono de color piel normal y limpia.

Tiras la esponja al suelo cuando ya tienes todo el cuerpo enjabonado, con rabia, con decisión, y pasas a limpiar eso que tienes en la cabeza y no es legal llamar pelo ahora mismo. Arañas tu cuero cabelludo, llevándote toda la suciedad tanto de la cabeza como de las uñas. Te la llenas de jabón y dejas un par de minutos (mientras te aclaras el cuerpo) para que actúe. Y repites el proceso, por si acaso.

Te pones a pensar mientras estás bajo el agua fría (no has puesto el calentador, maldita sea).

¿Realmente merecía la pena esas dos semanas de luto? ¿Era lo que esperaba que hicieras?

Probablemente no, probablemente esperaría que te fueras a ligar por ahí, como siempre pensaba que hacías cuando no estaba contigo. Haces balance de esos tres años y medio de relación, sopesando si mereció la pena tanto sufrimiento. Tantas penas y tan pocas glorias. Sonríes, y respiras, por fin aliviada.

Por fin libre.

Sales de la ducha y del baño, sin ropa, empapada. Pero qué más da. Estás sola en esa casa. Ya no habrá nadie que te moleste con sus películas ochenteras de mierda, ni con esa música sueca
espantosa. La casa es tuya. Para ti. Y para nadie más.

Te tiras sobre el sofá, te tumbas boca arriba y miras el techo, con una enorme sonrisa.

Todo se acabó.

Ahora es el momento de disfrutar.

Ahora es el momento de vivir.

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