8 de noviembre.

Estándar

Las calles huelen a lavanda. Brillan porque están mojadas. El sutil tacón de sus zapatos le acompaña.

Suelta el humo del cigarrillo que lleva entre los labios, con la cabeza alta y la otra mano en uno de los bolsillos, jugueteando con las pocas monedas que le quedan.

Se sienta en un banco, en un parque cualquiera.

Cierra los ojos e intenta mantenerse firme mientras todas las copas le hacen efecto de golpe. Deja de sentir parte de su cuerpo. Deja de sentir el frío.

Se deja caer en el banco, acabando tumbado. El cigarro se le cae de la boca, agonizando levemente.

Llora, ríe.

Se duerme.

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