5 de noviembre.

Estándar

Se había cansado de su trono, de su poder. Empezaba a echar de menos la vida al otro lado. Aunque, para ser sinceros, nunca le llegó a gustar del todo la vida aquí.

Desde el primer momento en el que le condenaron, supo que se iba a arrepentir. Que iba a sufrir. Pero joder, es lo que tiene el infierno, ¿no? Si algo sabes cuando te condenan allí es que feliz precisamente no vas a ser. No te venden spots publicitarios de familias felices de vacaciones en El Infierno™, no hay artículos de “Los 12 Sitios Que No Te Puedes Perder Si Vas A El Infierno™”. La única información que puedes encontrar sobre este lugar es a través de historietas fantásticas de ancianos decrépitos, de libros cuyas hojas están más que amarillentas.

Y creedme, todo lo que dicen es poco.

Al principio podría parecer que tampoco es para tanto. Nada más llegar te dan como una especie de horario, un planning. Los lunes, sodomización en el area 3. Los martes, visionado de películas de Jim Carrey. Miércoles, sesión de manicura con piezas de bambú. Jueves, papeleo burocrático. Y los fines de semana era un poco popurrí. Banquetes por allí, enfrentarte a tus miedos más oscuros por allá. Lo normal en El Infierno™.

Pero después de miles de milenios allí… La cosa empieza a cansar. Y eso es lo que le pasaba a él. Estaba hasta las narices. Además, estaba en el peor puesto de todos: Recepción de nuevos inquilinos. Tenía que pasarse horas y horas dando la bienvenida a personas de todas las edades, escuchando sus motivos por los que habían acabado ahí. Os lo adelanto ya: la gran mayoría eran patéticos.

Definitivamente, su grupo de gente menos favorita eran los curas que se hacían los sorprendidos por acabar allí.

Pero bueno, era a lo que se tenía que enfrentar por haberse aliado tiempo ha con el que pensaba que era su mejor amigo, su mentor.

Ahora tenía que recibir las burlas de miles de seres humanos, llamándole El Señor de Las Moscas, habiendo sido él el Señor de las Guaridas, el hombre más grande que había habido.

A mí, que me hacían sacrificios.

 

No podría tener el puesto de otro de los aliados originales, el de Mefistófeles, y poder salir y embaucar a gente. Publicitar el lugar. Ganar famita. Pero si ya le conocían lo suficiente, por qué no podía hacer eso.

 

 

Resopló, una vez más mientras escuchaba caer a alguien nuevo. Se puso sus pequeñas gafas sobre sus enormes cuernos y cogió los formularios.

 

-Se encuentra usted en El Infierno™. Le doy una bienvenida de mierda a esta, nuestra humilde morada. ¿Nombre, por favor?

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