4 de noviembre.

Estándar

Abres los ojos. Oscuridad.

Giras la cabeza. Oscuridad.

Intentas erguirte, tu cabeza choca contra algo. Caes de nuevo y tu cabeza golpea contra algo duro.

Mueves las manos para palpar lo que tienes encima. Está muy cerca, es muy rígido. Huele muy bien, todo hay que decirlo, a una mezcla entre roble y jazmín. Está suave, como tapizado con seda.

Bajas las manos y palpas en qué superficie te encuentras. Tiene la misma suavidad y rigidez.

Te cuesta respirar.

Se te para el corazón.

 

 

Qué coño haces en un puto ataúd.

 

 

Todo el aire que retenían tus pulmones sale de golpe y durante diez segundos dejas de sentir tu cuerpo.

Recuerdas el hospital, a tus padres llorar. A tu chica coger tu mano, pero no recuerdas sentirla. La sensación de gritarles que por favor no te cubran con la manta. De que por favor no te lleven a la habitación fría.

¿Tantas ganas tenían de largarme?

No se detuvieron más tiempo del mínimo requerido para comprobar si todo seguía igual.

 

Estás bloqueado. No sabes qué hacer. Podrías intentar golpear el ataúd, contando con que no lleves horas bajo tierra, lo cuál sería absurdamente inútil, y te haría perder energías, y aire.

El aire, el aire, el aire.

Cierras los ojos, y vuelves a respirar despacio.

De todas formas, ellos ya se han despedido de ti.

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