3 de noviembre

Estándar

El único sitio donde los arcos vuelan, pero no hacen daño. Donde las estacadas dan, donde menos duelen. Inunda el silencio, pero a la vez los gritos.

Los pies no se mueven, las manos tampoco. No sirve de nada correr, ni tirarse al suelo. No sirve de nada respirar, ni siquiera esperar.

Se santigua, aunque no sabe por qué. Echa a andar, los tacones repican, acusándole. Cómo se atrevía a irse. Cómo se había atrevido a ir allí. De esa guisa.

Anda despacio, sigue sin estar acostumbrado a esos zapatos. Suspira y se los quita, los sujeta con la mano derecha. Con la izquierda lleva un ramo de petunias.

Acaba de llegar y ya está escuchando sus voces, diciéndole que no es suficiente. Que no entienden qué hace.

Tira el ramo, sin mirar. Ya todo le da igual.

Espera acallar esas voces con el golpe de los pétalos en el suelo.

Es quien es. Y quien quiera ser. Será él. Será ella. Será todo. Será nada.

Se quita la peluca, enciende un cigarro. Ríe de forma amarga.

Una nueva vida empieza.

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