1 de noviembre.

Estándar

Los pies no le llegan al suelo.

Los brazos cuelgan a ambos lados del torso.

El cuello empieza a estar morado.

La cara azul.

El pelo cortado con rabia cae a mechones descuadrados por ambos hombros.

Su vida colgaba de un árbol, y no podía moverse para treparlo.

No recordaba cómo había llegado allí, ni siquiera era capaz de recordar su nombre. Pero qué más daba, tres minutos más y dejaría de estar en este mundo.

Dos minutos y medio para intentar recordar algo, para encontrar algo por lo que luchar y moverse, ese árbol no aguantaría más de cuatro golpes bien dados, se había fijado mientras le ponían la cuerda alrededor del cuello.

Su madre le enseñó todo lo que sabía sobre naturaleza cuando salían a cazar.

Su madre. La recordaba.

Abrió un poco los ojos y vio las uñas de sus pies, negras, llenas de roña.

Escuchó su risa, su nombre. Vio sus arrugas, sus lágrimas.

Un minuto y medio para reunir las fuerzas necesarias.

Se vio dando las mismas órdenes que le dio ella.

“Nunca vayas al bosque cuando se haya puesto el sol”

“No dejes rastro”

“Vuelve sobre tus pasos”

Se vio con una niña pequeña, de la mano, por el bosque. Cazando, compartiendo sus conocimientos.

Y entonces lo supo.

La imagen de los cuerpos de seguridad encontrándoles en el bosque.

La sensación de la sangre de la pequeña brotar desde su cuello hasta su mano.

El olor a césped, a sangre, a pólvora. El disparo. El golpe.

El crack de la rama que hace que su cuerpo colapse contra el suelo.

 

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