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Estándar

Jueeeeeeeves.
Podría decir juerga, pero poca broma.

Después de llegar a las cuatro a casa con el móvil muerto dos horas antes, los párpados medio cerrados y la garganta medio dañada. Un sobre en las manos y un orgasmo en el bolsillo. Un día largo y raro.

Las cartas se dan la vuelta solas sobre la mesa y yo cada día me pierdo más en esta vida. No sé ya que esperar de nada ni de nadie (ni de mí misma) y en fin.

Me he dado cuenta de que, contando con el fin de semana que viene, llevaré siete fines de semana seguidos que salgo de casa. Siete. Seguidos. Una locura para mí, lo sé. Empiezo a notar cómo mi cuerpo me pide quedarse en casa y dormir. Descansar. O morir.

Creo que la idea de vender los escritos va cuajando cada vez un poquito más. Y bueno. Que aprovechemos esta pausa para destrozarme el interior.

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