De cuando fui sola a la Haya. Y me perdí. Ocho veces.

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Pues bien. Ayer hice mi primer viaje sola, y como ya sabéis que es costumbre en mí, voy a hacer un post. No hice fotos apenas, porque el tiempo no acompañaba mucho, y cuando acompañaba, no había demasiado que fotografiar. Así que hoy es solo texto.

Bien. El día empezó temprano y fresco. Así que a las diez menos veinte de la mañana, me puse mi chupa de cuero, mi bolso (Eufra lo reservo para otro momento) y me dirigí a la estación de tren.

Después de cinco minutos de reloj intentando averiguar qué pasaba con la máquina para recargar el bonobús (sólo tenía que retirar la tarjeta, y como no sé holandés, presioné todos los botones hasta que dije “y si…”. Y sí, era eso.) me dirigí al andén. Sin fijarme en cual de los dos iba a aparecer mi tren.
Por suerte, el mio era el primero en llegar.

Así pues, llegué a La Haya, a eso de las diez y cinco. Y allí estaba lloviendo la vida y media. Así que antes de salir de la estación, saqué mi fabuloso mapa de guiri e intenté memorizar el camino a la academia de idiomas a la que tengo que ir el mes que viene (el camino era solo tirar hacia delante y girar en la calle donde está la academia).

Hecho esto, empiezo a andar.

Y diez minutos después, viendo los nombres de las calles, que NO me sonaba ninguno, decido que es buena idea sacar el mapa de nuevo. Y, sí, como podéis adivinar, tiré hacia el delante que no era. Así pues tuve que volver sobre mis pasos.

A las diez y media, llego de nuevo a la estación. Y me aseguro bien del camino en los mapas gigantes de la ciudad. Y dicho esto, vuelvo a caminar.

Y, por fin, a las once más o menos, llegué a mi destino.

Pero aquí no acaba la cosa.

Como la calle en la que había que girar estaba muy de obras, el tiempo había mejorado notablemente y yo me sentía peligrosa, decidí callejear sin mapa. En plan, a donde me lleve el viento. Y qué decisión más buena, porque QUE BONITO ERA TODO. Hasta una chica asiática me preguntó por una dirección y yo en plan “Illa, que yo tampoco soy de aquí”.

Muchos minutos después y sintiéndome un poco (bastante) perdida, decidí que era buena idea empezar a seguir a una mujer. Porque tenía pinta de saber de la ciudad. (Cabe decir que obviamente la señora no sabía que la estaba siguiendo). Y, muchos muchos muchos más minutos después, acabé en un mercadillo internacional. Pero no sé si estaba abierto aún, así que seguí andando.

Ya había perdido a la señora, y no tenía ni idea de en qué calle estaba, ni había mapas gigantes cerca, así que seguí hacia delante.

Y tatatachán. Por suerte, llegué sana y salva al centro de la ciudad.

En el centro, todo turístico y comercial, había personas de verdad como maniquíes. Y yo no lo sabía. Ni tampoco me lo esperaba. Y sí, me asusté bastante.

Bueno, después entré en un par de tiendas a comprar cosas en plan “soy joven, tengo dinero” (aunque realmente tampoco gasté TANTO).

Y cuando intenté volver a la estación de tren, me volví a perder. Porque bueno, no tenía ni zorra de dónde estaba y creía recordar que era por una calle (que obviamente no era).

Pero eh, comí en un Subway y sigo… Sigo viva, sí.

Cabe decir que estuve unas seis horas andando sin parar, así que imaginaos como tengo los pies.

¡Hasta la próxima!

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