13 de noviembre.

Estándar

Paraíso Cerrado.

Los coches pasan despacio, la cumbia suena alegrando las calles. La gente baila, despreocupada, sonriendo, cantando a voces. La noche es cerrada, pero las luces decorativas hacen que esta calle sea hasta más preciosa cuando el sol no está. Los colores de las paredes relucen, haciendo más festiva la noche.

Hace un calor desmesurado para esta época del año, pero como si importara. Es una excusa más para llevar la falda más corta, la camiseta más fina.

Pido otra bebida, mirando distraída cómo disfruta la gente, cómo pueden ser tan felices con tan poco. Llega, con una sonrisa demasiado perfecta del camarero, y al levantar la vista, te veo allí. Al otro lado del remolino de bailes, estás tú, con la camisa que dijiste que llevarías, con el sombrero que tan bien te queda, los pantalones que mejor se ajustan a tu figura.

Te sonrío, pero finjo que no te he visto. Desvío la mirada, perdiéndome entre las faldas de las señoras. Noto que te acercas, lo noto en la sangre, en el aire. Pasas por mi lado, rozando mi pierna, pero sin mirarme. Cruzas lo que queda de bar para acabar al final de la barra.

Nuestro lugar.

Yo me quedo en mi sitio, calentando el hielo con las manos, intentando mantener la vista en la danza hipnótica, dándote la espalda. Esa vista que tanto sé que te gusta.

El baile se vuelve poco a poco más violento, más salvaje. Los cuerpos se juntan más, y anhelo con fuerzas el tuyo sobre el mío (con tu fuerza). Apuro como puedo lo que me queda en el vaso y me giro despacio para pedir otra.

Finjo sorpresa al ver al camarero con otra en la mano y un “de parte del caballero” en los labios, tú al final del pulgar chivato. Sonrío, con una timidez inesperada. Te veo reír al fondo, cómo te levantas y te acercas.

-¿Está ocupado?

-Si quieres sí.

Ríes, cómplice, y te sientas a mi lado, con las piernas muy cerca de las mías.

-¿Cuánto más tengo que fingir que no te conozco?

-Hasta que consigas llevarme a la cama.

Te guiño un ojo y me levanto rápida, yendo al centro del local, dispuesta a darlo todo con la próxima canción que suene. Te levantas, encantado y me sigues el juego.

Me coges por la cintura, te cojo del cuello. Te miro la barba, me miras el escote. Acerco mi cadera a la tuya, cuelas tus piernas entre las mías.

La música se vuelve aún más intensa. Somos uno, estamos sudando. Cada vez hay más espacio a nuestro al rededor, la gente se aparta para ser espectadores del espectáculo que estamos dando. Nuestros pasos van a tiempo, nuestros cuerpos al mismo son.

Termina la canción, conmigo suspendida en el aire entre tus brazos y con la respiración agitada. Te miro a los ojos, los ojos más azules que jamás veré. Me levantas, para ponerme de pie, pero aprovecho el impulso y mando a la mierda el juego.

Nos besamos, con fuerza, con el aplauso atronador del público. Pero para mí no existe nada más que tú.

El beso sigue, y paramos justo a tiempo. Nos miramos de nuevo a los ojos, ambos sonrojados y con una sonrisa de adolescente enamorado. Me das la mano y salimos del bar, a toda prisa.

-¡L-las bebidas! -consigo gritar a mitad de la carrera.

-Las pagué antes de salir a bailar, tonta.

Ríes, con esa cadencia que tanto me alegra y no puedo evitar reír contigo.

Tiras de mí, ya que no sé el camino. Has dejado el coche cerca.

Las luces se encienden, dándonos la bienvenida y entramos, con prisa. Suspiramos a la vez y nos da la risa tonta. Te acercas para intentar besarme, pero me echo hacia atrás.

-Conduce.

Intento ponerme seria, para luego disfrutarnos más. Enciendo la radio, despreocupada, de repente sin prisa. Suenan canciones sobre corazones olvidados en ciudades. Tarareo, mientras me pongo el cinturón. Vuelvo a mirarte, estás quieto, observando. Enarco una ceja.

-¿No vas a conducir?

Despiertas y te mueves con prisas. No atinas con el cinturón y tengo que cogerlo de tus manos para engancharlo yo. Pides perdón, pero antes de que acabes la frase, pongo un dedo en tus labios.

-Con-du-ce.

Asientes y arrancas el coche.

-Siento que el hotel esté tan lejos… Era lo más barato que pude encontrar.

Pongo una mano en tu pierna y noto cómo te pones tenso.

-No te preocupes. -Susurro, acariciándote por encima del pantalón.

Te escucho tragar saliva y removerte en el asiento. Sigo acariciando la suave tela, subiendo y bajando por el muslo. Poco a poco subo más, al ritmo que la canción sugiere, llegando a rozar tu entrepierna, todavía no lo suficientemente abultada.

Habrá que hacer algo, digo yo.

Me entretengo siguiendo las costuras de tu cremallera, perdiendo los dedos a un lado y al otro, presionando un poco, tanteando el terreno. Te encuentro y lo celebro con una sonrisa y varios toques leves, intentando terminar de despertarte.

Intentas bajar una mano e imitarme, pero te corto el movimiento con el brazo. Me miras, algo perdido.

-Las manos en el volante.

Suspiras resignado y sigo con mi aventura. Voy más allá de la cremallera, desabrochando y creando un nuevo espacio para explorar y divertirme.

No hay prisa, al menos por mi parte. Por tus partes sí se ve que algo más de prisa corre.

Pisas el acelerador y abres un poco la ventana. Tienes la mirada fija en la carretera y no sabes lo muchísimo que me pones así de concentrado.

Vuelvo a acariciar cada costura de tu ropa interior, rodeando toda tu erección para luego seguirla suavemente.

Carraspeas para llamar mi atención (no sabes que ya la tienes por completo). Veo que has parado el coche y que estamos en la puerta del hotel. Río por lo bajo y me quito el cinturón, dejando el problema en tus manos.

Salgo del coche y entro en el edificio, con prisa. Quiero verte salir del vehículo.

 

[Fin de la Parte I]

Anuncios

12 de noviembre.

Estándar

Reverie [Parte II]

-M…mat-t-té -tragó saliva por la áspera garganta- a t-t-tu herm-man-na…

-¿Sólo eso? -su voz sonaba extrañamente divertida.

-S-S-Síi…

-¿Seguro? ¿Y la parte de follártela sin su consentimiento hasta matarla dónde te la dejas?

Silencio.

-¿Y lo de descuartizarla y servir sus restos en la cena de empresa? ¿Eso no ha pasado o qué?

-Y-y-y-yo…

No vio venir el pie, y aunque lo hubiera visto no tenía fuerzas para esquivarlo. El tacón, afilado, le arañó la cara. La fuerza con la que le golpeó le volteó la cara, haciendo crujir a su cuello con el movimiento.

-No me vengas con excusas. Ya me jodería que me intentaras convencer de que no querías hacerlo. Querías. Lo tenías planeado. Y sé de buena tinta que no ha sido la primera vez que lo haces. Pero, ¿sabes qué? -mientras hablaba, se fue levantando, acercándose a él, despacio. Al preguntar, se agachó, hasta quedar a su altura.- Tampoco es la primera vez que yo lo hago.

[Fin de la parte II]

11 de noviembre

Estándar

Reverie

El olor a comida inundaba toda la habitación. El estómago le rugía desde hacía horas, quizás días, quizás semanas. Había perdido la noción del tiempo, junto con la sensibilidad en las muñecas. Tenía esa zona y la de los tobillos en carne viva, a causa de las constantes rozaduras que le producían las esposas.

Abrió los ojos despacio, haciendo acopio de las pocas fuerzas que le quedaban. Escuchaba a lo lejos cómo bajaban unos pies, junto con unas ruedas que se deslizaban sobre la fría piedra. Al poco, se abrió la puerta de su celda, de golpe, dejando entrar toda la luz que no había entrado ahí en semanas.

Cerró los ojos de golpe e intentó esconder el rostro, cosa que causó una gran carcajada en su nuevo acompañante.

-¿Ahora te escondes?

Hizo un amago de volver a poner la cabeza en su posición normal y abrió de nuevo los ojos, despacio, acostumbrándose a la luz.

Su acompañante se acercó, demasiado quizá. Se agachó, para quedar a su altura y volvió a reír.

-Tienes hambre, ¿no?

Como acto reflejo, asintió. Más bien dejó caer varias veces la cabeza. El frío cuero que recubrían las manos de su acompañante cogió con fuerza sus esqueléticas mejillas, apretando y obligándole a subir el rostro, a que le mirara. Tenía el cabello rubio como las joyas de oro que robaba, los ojos verdes como la absenta que se tomaba en el bar. Los labios rojos como la sangre que sabía que iba a correr de un momento a otro. La mirada era fría, la sonrisa divertida. Se lo estaba pasando bien y todo la tía.

Soltó su cara con desprecio y sacó una pequeña llave del bolsillo. Abrió los candados de los grilletes y los brazos se desplomaron contra su cuerpo. Del golpe, su cuerpo se balanceó y cayó al suelo, lo que provocó otro estallido de carcajadas en su acompañante.

Volvió a escuchar sus pasos de vuelta al carrito, pero fue más allá. Salió de la sala, estuvo un rato fuera. Se sorprendió de tanta benevolencia, aunque sabía que había gato escondido. No le habría soltado y dejado solo con un carro de comida si no tuviera planeado hacerle algo.

Escuchó de nuevo los pasos, esta vez arrastrando algo que parecía pesado por las frías piedras. Entró, con una silla enorme que puso al lado del carro. Se sentó, movió dicho objeto para tenerlo más a mano. Cruzó las piernas de la manera más seductora que sabía (y sabía muchas formas de ser seductora) y le miró a los ojos, abriendo uno de los platos, dejando que el olor del susodicho llegase a sus fosas nasales y le taladrara el cerebro.

-¿Recuerdas por qué estás aquí? – Él asintió, como pudo, cerrando los ojos y salivando. Ella volvió a preguntar. -¿Sí? Porque yo no. ¿Qué tal si me refrescas la memoria?

Empezó a echarse una copa, despacio, dejando que el sonido del líquido retumbase en el silencio creado en la sala.

[Fin de la Parte I]

10 de noviembre.

Estándar

-esto es un relato que escribí hace tiempo para un proyecto que nunca llegó a ver la luz. Se titula Cuando dar el salto es demasiado obvio y morir demasiado fácil

Una habitación oscura. Un olor nauseabundo. La piel pegajosa. Las sábanas pegadas.

A duras penas consigues poner los pies en el frío suelo de baldosas. Con algo más de esfuerzo, logras levantar tu apestoso culo de la cama. Das un paso torpe, otro algo más ágil, otro más, y un cuarto más hasta que llegas al interruptor de la luz.

La bombilla parpadea, dudosa, y una triste luz amarillenta ilumina la estancia en la que te encuentras. Todo tipo de ropa tirada por el suelo, algunos restos de comida, telarañas en alguna esquina del techo, kleenex sucios por el suelo…

Eres consciente de que algún día tendrás que ordenar esa habitación (y tu vida). Pero hoy no es ese día.

Abres la puerta de tu minúsculo habitáculo y te diriges al baño. Tienes suerte de que no haya mucha distancia entre una estancia y otra.

Llegas al baño y tu terrorífico reflejo te saluda a regañadientes. Tienes el pelo alborotado, pero grasiento y pegado a la cara, que brilla también de grasa. Los dientes amarillos, llenos de sarro.

Miras un poco más hacia abajo y ves tus manos, con esas uñas que normalmente solías tener cortas de un tamaño que nunca habías llegado a ver en ti, y llenas de roña. Vuelves a mirar tu reflejo, y ves esa cara de asco que estás poniendo al verte. «¿En qué me he convertido? ¿Cuándo ha pasado esto?»

No tienes que hacer mucha memoria, recuerdas perfectamente el momento en el que escuchaste aquellas palabras que te rompieron el corazón. Esas palabras que salieron de aquellos labios que menos de veinticuatro horas antes te repetían te amo. Esos labios que hacían que te perdieras en un mundo maravilloso, donde sólo estabais vosotras dos. Y nada más.

Las lágrimas vuelven a ti. No tendría que haberte dejado así. No. No es justo para nadie, y menos para ti.

Pero joder, ya has estado suficiente tiempo de luto. Ya es hora de que el ave fénix resurja de sus cenizas.

Miras con decisión a tu reflejo, y asientes, con seguridad. Te arrancas la ropa que llevas (que no te has quitado en las dos semanas que llevas de luto y que son un perfecto catálogo de lo que has comido). Abres el grifo de la ducha y, sin esperar a que salga caliente, te metes debajo del helado chorro de agua.
Dejas que se lleve toda la suciedad que hay en ti, tanto en la superficie como por dentro. Dejas que te purifique el alma.

Para ayudar un poco a ese proceso de purificación, te refriegas con fuerza con la esponja medio destrozada por todo el cuerpo, haciendo que tu piel deje de estar pegajosa y vuelva a tener ese tono de color piel normal y limpia.

Tiras la esponja al suelo cuando ya tienes todo el cuerpo enjabonado, con rabia, con decisión, y pasas a limpiar eso que tienes en la cabeza y no es legal llamar pelo ahora mismo. Arañas tu cuero cabelludo, llevándote toda la suciedad tanto de la cabeza como de las uñas. Te la llenas de jabón y dejas un par de minutos (mientras te aclaras el cuerpo) para que actúe. Y repites el proceso, por si acaso.

Te pones a pensar mientras estás bajo el agua fría (no has puesto el calentador, maldita sea).

¿Realmente merecía la pena esas dos semanas de luto? ¿Era lo que esperaba que hicieras?

Probablemente no, probablemente esperaría que te fueras a ligar por ahí, como siempre pensaba que hacías cuando no estaba contigo. Haces balance de esos tres años y medio de relación, sopesando si mereció la pena tanto sufrimiento. Tantas penas y tan pocas glorias. Sonríes, y respiras, por fin aliviada.

Por fin libre.

Sales de la ducha y del baño, sin ropa, empapada. Pero qué más da. Estás sola en esa casa. Ya no habrá nadie que te moleste con sus películas ochenteras de mierda, ni con esa música sueca
espantosa. La casa es tuya. Para ti. Y para nadie más.

Te tiras sobre el sofá, te tumbas boca arriba y miras el techo, con una enorme sonrisa.

Todo se acabó.

Ahora es el momento de disfrutar.

Ahora es el momento de vivir.

8 de noviembre.

Estándar

Las calles huelen a lavanda. Brillan porque están mojadas. El sutil tacón de sus zapatos le acompaña.

Suelta el humo del cigarrillo que lleva entre los labios, con la cabeza alta y la otra mano en uno de los bolsillos, jugueteando con las pocas monedas que le quedan.

Se sienta en un banco, en un parque cualquiera.

Cierra los ojos e intenta mantenerse firme mientras todas las copas le hacen efecto de golpe. Deja de sentir parte de su cuerpo. Deja de sentir el frío.

Se deja caer en el banco, acabando tumbado. El cigarro se le cae de la boca, agonizando levemente.

Llora, ríe.

Se duerme.

7 de noviembre

Estándar

El agua hirviendo corre por sus mejillas. Su respiración se funde con el vaho. Se lleva las manos a la cabeza, con los ojos cerrados, aguantando la respiración.

Estira un poco los pies en la pequeña bañera y lo vuelve a intentar. Se deja hundir, despacio, cerrando los ojos.

Salen algunas burbujas desde su nariz, intentando evitar el mismo final que ella va a correr.

A los pocos segundos, vuelve a salir, tomando una enorme bocanada de aire.

Idiota, idiota, idiota, idiota, idiota; se repite una y otra vez.

Vuelve a llevarse las manos a la cabeza, aunque esta vez se tapa el rostro. Y llora.

Nada le sale bien.

Ni siquiera esta estupidez.

Si hubiese seguido los consejos de su madre. Si hubiese escuchado las palabras de sus amigas.

Si solo…

No servía de nada lamentarse a estas alturas. Ya no había vuelta atrás. Quedaría en su conciencia el “aquel día que lo intentaste hacer y fracasaste como la enorme mierda que eres”. Se avergonzaría de sí misma.

Y no quería sentir más vergüenza. No quería sentir pena de sí misma, ni de cómo la estarían viendo los demás.

Los demás. Esos hombres que la trataban como el trozo de carne que nació para ser. Que ni siquiera se esforzaban por recordar su nombre, que gritaban el de otra mientras explotaban dentro de ella.

No era un caso único, conocía a una decena igual. Habían llegado todas a la vez, con la misma promesa de ser la nueva imagen de aquella marca tan famosa. Pero al llegar todo cambió. Todo eran deudas, golpes, vejaciones.

Y ya no podía más.

No podía acudir a nadie.

Ni siquiera a ella misma.

Vuelve a coger aire.

Reza lo poco que se acuerda.

Vuelve a hundirse.

Y ya no saldría.

6 de noviembre

Estándar

Ayer no corrió suficiente pólvora.

Nadie consiguió despertarse a finales de septiembre.

Esta autopista no llega a ningún sitio.

No hay mensajes en botellas.

No es viernes, no estoy enamorada.

La gente sigue diciendo hola desde el otro lado, sin respuesta. Pidiendo ayuda desde el espacio.

Donde hay diamantes y Lucy vuela.

Todas las canciones suenan mal, como si nada estuviese afinado y cada uno tuviese una armonía diferente.

Los grillos se han dado de baja, las cigarras los acompañan.

Solo suena el viento golpear las hojas.

Y nada más.

5 de noviembre.

Estándar

Se había cansado de su trono, de su poder. Empezaba a echar de menos la vida al otro lado. Aunque, para ser sinceros, nunca le llegó a gustar del todo la vida aquí.

Desde el primer momento en el que le condenaron, supo que se iba a arrepentir. Que iba a sufrir. Pero joder, es lo que tiene el infierno, ¿no? Si algo sabes cuando te condenan allí es que feliz precisamente no vas a ser. No te venden spots publicitarios de familias felices de vacaciones en El Infierno™, no hay artículos de “Los 12 Sitios Que No Te Puedes Perder Si Vas A El Infierno™”. La única información que puedes encontrar sobre este lugar es a través de historietas fantásticas de ancianos decrépitos, de libros cuyas hojas están más que amarillentas.

Y creedme, todo lo que dicen es poco.

Al principio podría parecer que tampoco es para tanto. Nada más llegar te dan como una especie de horario, un planning. Los lunes, sodomización en el area 3. Los martes, visionado de películas de Jim Carrey. Miércoles, sesión de manicura con piezas de bambú. Jueves, papeleo burocrático. Y los fines de semana era un poco popurrí. Banquetes por allí, enfrentarte a tus miedos más oscuros por allá. Lo normal en El Infierno™.

Pero después de miles de milenios allí… La cosa empieza a cansar. Y eso es lo que le pasaba a él. Estaba hasta las narices. Además, estaba en el peor puesto de todos: Recepción de nuevos inquilinos. Tenía que pasarse horas y horas dando la bienvenida a personas de todas las edades, escuchando sus motivos por los que habían acabado ahí. Os lo adelanto ya: la gran mayoría eran patéticos.

Definitivamente, su grupo de gente menos favorita eran los curas que se hacían los sorprendidos por acabar allí.

Pero bueno, era a lo que se tenía que enfrentar por haberse aliado tiempo ha con el que pensaba que era su mejor amigo, su mentor.

Ahora tenía que recibir las burlas de miles de seres humanos, llamándole El Señor de Las Moscas, habiendo sido él el Señor de las Guaridas, el hombre más grande que había habido.

A mí, que me hacían sacrificios.

 

No podría tener el puesto de otro de los aliados originales, el de Mefistófeles, y poder salir y embaucar a gente. Publicitar el lugar. Ganar famita. Pero si ya le conocían lo suficiente, por qué no podía hacer eso.

 

 

Resopló, una vez más mientras escuchaba caer a alguien nuevo. Se puso sus pequeñas gafas sobre sus enormes cuernos y cogió los formularios.

 

-Se encuentra usted en El Infierno™. Le doy una bienvenida de mierda a esta, nuestra humilde morada. ¿Nombre, por favor?

4 de noviembre.

Estándar

Abres los ojos. Oscuridad.

Giras la cabeza. Oscuridad.

Intentas erguirte, tu cabeza choca contra algo. Caes de nuevo y tu cabeza golpea contra algo duro.

Mueves las manos para palpar lo que tienes encima. Está muy cerca, es muy rígido. Huele muy bien, todo hay que decirlo, a una mezcla entre roble y jazmín. Está suave, como tapizado con seda.

Bajas las manos y palpas en qué superficie te encuentras. Tiene la misma suavidad y rigidez.

Te cuesta respirar.

Se te para el corazón.

 

 

Qué coño haces en un puto ataúd.

 

 

Todo el aire que retenían tus pulmones sale de golpe y durante diez segundos dejas de sentir tu cuerpo.

Recuerdas el hospital, a tus padres llorar. A tu chica coger tu mano, pero no recuerdas sentirla. La sensación de gritarles que por favor no te cubran con la manta. De que por favor no te lleven a la habitación fría.

¿Tantas ganas tenían de largarme?

No se detuvieron más tiempo del mínimo requerido para comprobar si todo seguía igual.

 

Estás bloqueado. No sabes qué hacer. Podrías intentar golpear el ataúd, contando con que no lleves horas bajo tierra, lo cuál sería absurdamente inútil, y te haría perder energías, y aire.

El aire, el aire, el aire.

Cierras los ojos, y vuelves a respirar despacio.

De todas formas, ellos ya se han despedido de ti.